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Publicado el 8 del XI de 1968
Después de ver “Infierno en el rio» se me ocurrió que bien pudiera comentar brevemente este film. Interesante, además de por los valores cinematográficos que pueda tener y que otros estudiaron con más autoridad que yo en su momento, por el tema.
¿Es una película del Oeste? Sí, pero hay mucho más. Todo un análisis de personajes y ambientes cuyo contenido merece el intento de pensar en ello. Un protagonista que busca sinceramente integrarse en una comunidad con la que se sienta realmente identificado. Los bandidos, manteniendo su lucha, inútil, por una causa perdida; aferrándose a un código para ellos válido, de lealtad y supervivencia del más fuerte. Y, por último, los colonos de la divisoria, tradicionalmente «buenos» y con otro código más civilizado.
Situando la acción fuera del espacio y el tiempo no queda más remedio que prescindir de la tradicional división entre «buenos y malos». ¿Son «malos los mejicanos? Con los debidos reparos opino que no. En todo caso se les puede calificar de más primitivos. Sus leyes todavía no han sido escritas. Son buenos para ellos mismos. Y a los colonos ¿no sería mejor llamarles “civilizados»? El muchacho Azul está cabalgando entre dos generaciones, primitivismo y civilización, y él precisamente da la clave cuando afirma que “los unos no son peores que los otros».
No se puede juzgar un ambiente desde otro distinto. El individuo es mejor o peor dentro de su medio, pero en otro medio ajeno, simplemente es «diferente”. La justicia de un litigio no se inclina sólo de un lado, porque cada cual piensa que defiende lo mejor. En el caso concreto de este film, el mejicano lucha por lo que le han quitado, injustamente en su opinión; el colono por aquello que ha quitado justamente, puesto que es vencedor.
¿Dónde está lo mejor? Lo mejor para el protagonista es exactamente lo que sucede, dejarse llevar por sus impulsos, Y no cabe duda que esos impulsos son los que provocan el desenlace de “Infierno en el rio“.
Zaragoza, 21 de octubre de 1968