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La profesionalidad:
Un criterio fundamental para el trabajo social con transeúntes
María Pilar Giménez Navarro
Asistente social – Zaragoza
Como preámbulo, vaya mi ruego de que nadie interprete esta corta Comunicación como una valoración de conductas. Nada más lejos de mi ánimo, más bien se trata de un deseo de racionalización y coordinación de criterios que conduzcan a la unificación de prácticas del trabajo social en el campo del transeuntismo. Concepto árido, casi yermo, pero no perdido si se realiza una actividad metódica, coherente y constante en él desde el triple aspecto preventivo, asistencial y de reinserción.
Tampoco debo obviar mi creencia firme de que es a la Administración pública y no a las instituciones privadas, confesionales o no. a quien compete asumir, si no la totalidad dela responsabilidad en este aspecto si el «grueso» de ella en lo que a arbitrar medios y coordinar esfuerzos se refiere.
Recién incorporada a mis funciones técnicas en una institución para marginados transeúntes dependientes de la Administración, quise tomar contacto con personas, grupos y entidades especialmente dedicadas al tema, con el ánimo de
conocer la situación y. si ello era posible, potenciar una acción conjunta de la que ya se habían producido algunos intentos. A modo de telegrama. la experiencia, en lo más significativo, fue como sigue:
- «Menos mal que hay pobres, para que los ricos podamos hacer obras de caridad».
Palabras de una señora que voluntariamente ocupaba su persona en actividades relacionadas con transeúntes. O aquella otra que repartía escapularios de
la Virgen en un comedor para transeúntes. O… - Un Departamento de Transeúntes de Caritas Diocesana de Zaragoza (en este punto si se pueden dar nombres) en el que desde entonces y hasta la celebración de estas Jornadas, se ha apreciado una labor («in crescendo» seria y científica, durante la cual el voluntarismo ha sido suplido por una labor en equipo y una aplicación de una metodología con previsiones a corto, medio y largo plazo. Y, por añadidura, ofreciendo siempre su subsidiaridad a los organismos públicos para el momento, cualquier momento, en que éstos quieran asumir sus responsabilidades.
- Una sucesión de personas más a menos «iluminadas», en las que la regularidad de su aportación Voluntaria estaba en directa relación con la intensidad de la luz que recibían. Algunas de estas personas han formado grupos que funcionan con carácter autónomo y, subsiguientemente, con el riesgo que entraña la falta de control por una parte y de respaldo por otra, de una entidad solvente.
- Otras instituciones. vocacionales o no. que han aplicado criterios más o menos actualizados a sus actividades con transeúntes y de las que se puede decir que han hecho más de lo que podían con los escasos medios disponibles o que. por el contrario, por amplitud de recursos, no han realizado una labor tan positiva por afán de protagonismo, rigidez en los planteamientos u otras causas.
- Y. por último, una Administración lenta, burocratizada y encasillada en una serie de aleaciones que no habían sufrido modificación durante casi cuarenta años.
La situación no ha sufrido grandes variaciones desde aquellos contactos iniciales, salvo en lo concerniente. como ya he señalado sin el menor ánimo de adulación, a nuestra institución anfitriona y a un considerable esfuerzo por parte del Ayuntamiento. no suficiente, desde luego, para sintonizar sus realizaciones con los verdaderas objetivos del Bienestar Social en su concepto más actual.
El voluntarismo y el espíritu amateur siguen primando en determinadas personas y en determinados grupos o entidades. Ello proporciona un bagaje de improvisación. personalismos y falta de coordinación que nada bueno ocasionan a los directamente afectados. Cualquiera. con cl mejor espíritu de generosidad y cargado de buenas intenciones, eso no se cuestiona en absoluto, puede «montar» un piso para marginados, un pequeño taller o cualquier otra cosa que su buen corazón le dicte.
Todavía están los «tranquilizadores de conciencia» en forma de dádivas en la calle. Los mendigos se han institucionalizado repartiéndose las esquinas y fabricando pancartas, pegatinas, etc. y todavía los ciudadanos no somos capaces de canalizar nuestros desprendimientos, personales y/o materiales, a través de los cauces adecuado.
Estamos atravesando una crisis. que trasciende las llanuras, de la cual no se adivina un final inmediato. Por ello cabe suponer que habrá, como de hecho ya lo hay, un incremento el transeuntismo. En consecuencia, sería urgente un cambio de actitudes individuales y colectivas.
Las actitudes individuales deberían modificarse hacia una profesionalización de la acción. Nadie debería actuar sin la preparación adecuada, por medio de cursillos u otros procedimientos. Resultaría igual de gratificante a nivel personal y, desde luego. mucho más eficaz.
Y los grupos o entidades tendrían que hacer un gran esfuerzo para establecer un mínimo de coordinación, unos criterios básicos comunes que en absoluto impedirían las realizaciones especificas. Eso sí. aplicando el criterio de que «el que mucho abarca poco aprieta» en cuanto a atender única y exclusivamente lo que se puede y bien. sin dispersión de recursos ni duplicidad de proyecciones.











